Me la imagino saboreando un cigarrillo hasta que éste se consume entre sus labios, bebe a pequeños sorbos de su copa un licor que no consigo distinguir y el café a su lado sabe menos amargo.
Nos encontramos en un pequeño bar de la Rue Lepic donde la atmósfera es capaz de penetrarte hasta las arterias cercanas al corazón, cubriendo todo tu cuerpo de ese aroma embriagador. Una Connie Francis suena de fondo con su Stupid Cupid y pienso en la casualidad del momento, porque apareció de la nada, del humo de cientos de cigarrillos mal consumidos. Dejó su copa suavemente al final de la barra, me dedicó una dulce sonrisa con sus labios rojizos y se adentró entre la multitud.
Salí del bar con el sabor de la derrota, no conseguí encontrar, de nuevo, aquellos ojos, aquellas manos y aquella sonrisa. Lo único que guardé en la gabardina fue un vaso, donde, tras varios sorbos, dejó marcado el rouge.
2 comentarios:
Ese rouge matador y las derrotas de los amores de barra. Y la gente que, como tú y como yo, se enamora de ese amor efímero y volátil como el humo de mil cigarros.
Y nos gustaría irnos muchas veces tras el humo, pero nos quedamos en la barra.
Publicar un comentario en la entrada