lunes, 10 de octubre de 2011

El ramo de ojos azules




La noche era un jardín de ojos. Al cruzar una calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes después percibí el apagado rumor de unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce.

- No se mueva, señor, o se lo entierro.

Sin volver la cara, pregunté:

- ¿Qué quieres?

- Sus ojos, señor – contestó la voz suave, casi apenada.

- ¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.

- No tenga miedo, señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.

Volví a preguntar:

- Pero, ¿para qué quieres mis ojos?

- Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules. Y por aquí hay pocos que los tengan.

- Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.

- Ay, señor, no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules. Dé la vuelta.

Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro.