Muchas horas habían pasado y sabía que aún le quedarían más, no sólo horas, días o, incluso años. ¿Quién podía saberlo realmente? Nadie.
Se encontraba sentada en su rincón, con las manos entre las piernas y la cabeza en medio, como un ovillo de lana abandonado en mitad de la nada; se ahogaba. Sabía que estaba pasando de nuevo y por eso, esa angustia que hacía mucho tiempo había dejado atrás y que amenazaba con volver, se estaba apoderando de su cuerpo, empezando por su mente.
Recordó cómo una vez consiguió deshacerse de todo a través de las lágrimas, aquéllas que brotaron como luciérnagas por sus mejillas, y que vio revolotear por toda la habitación. Aquéllas que le indicaban que estaba viva, que podía sentir cualquier emoción y que, si en ese momento lo que necesitaba era volver a su rincón, que lo hiciera; porque ellas vendrían a buscarla tarde o temprano. Siempre y cuando fuera ella misma. Las personas de cera no son capaces de derramar ni una sola gota, no viven y mueren en la oscuridad.
4 comentarios:
Que bonito>!
¡Muchas gracias MR.!
;)
tápame con tu rebozo, llorona, porque me muero de frío...
[Miriam hablaba de mí en esta entrada, aunque nadie (ni ella) lo supiera]
¡Anda! ¿me meteré en tu mente Carmen o tú en la mía y me haces escribir?
:)
Publicar un comentario en la entrada