Se escurría por entre las sábanas como una serpiente, buscaba el calor humano que nunca encontró, y dispuesta a sacrificar lo más preciado, recordó que si ese calor no lo encontraba aquella noche, no había sido por ella, era el lugar o el momento, que no eran los adecuados.
Años antes, se zambullía entre las sábanas porque le gustaba sentir el roce del edredón en sus orejas, ese calor gratuito que tan bien le sentaba.
Tenía una piel delicada, en invierno se notaba, sobre todo en sus manos y labios. En las primeras, se podían ver pequeños cortes que, en ocasiones sangraban y le dolían más incluso que cualquier otro dolor. Sus manos eran manos de mujer de 80 años, pero la vida no le había enseñado aún tanto.
Sus labios secos y cortados los reparaba con pomadas, aunque de pequeña se las comía a lametazos porque tenían buen sabor. Hoy en día lo sigue haciendo.
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